Vamos despacio, porque vamos lejos

Vamos despacio, porque vamos lejos

Les juro que pensaba que solo se veía en las películas. Mi primera noche en el Parque Patagonia no solamente me regaló un cielo despejado en el que pude conocer la vía láctea sino que, además, me deslumbró con el paso de una estrella fugaz. La primera que veía en mi vida. Por supuesto, estuvo acompañada de un fuerte deseo.

Soy de Bahía Blanca y vivo hace seis años en Los Antiguos, donde conocí a Cristian, quien nació y creció en este pueblito que abracé como propio y con quien nos embarcamos en esta aventura de viajar. Decidimos llamar Dorita a nuestra combi, como la abuela de Cristian. Meses y meses de preparación nos ayudaron a desarrollar la paciencia, a unirnos más, a establecer objetivos y a ilusionarnos con este viaje que comenzó aquí, a poquitos kilómetros, en el Parque Patagonia.

Ornela y Cristian llegan al Portal Cañadón Pinturas enmarcados por un atardecer de colores que, aseguran, son inolvidables. Foto: Canoa Films

Ese día salimos temprano desde Los Antiguos hasta el Portal Cañadón Pinturas. Si bien había pasado por ahí hace tiempo era la primera que iba a hacer caminatas y recorrer senderos. Ya el trayecto hasta allí fue hermoso: nos tocó ver el atardecer por la ruta 40. La infinidad que transmiten esos colores amarillos, naranjas, rosados, rojos… es algo maravilloso que al menos una vez en la vida todas las personas deberían experimentar. Les prometo que será inolvidable.

Fue una sorpresa llegar al lugar y encontrarnos con un espacio especialmente preparado para viajeros en vehículos: una empalizada estratégicamente dispuesta, muy linda estéticamente y con buen reparo del viento. Allí estacionamos a Dorita y armamos el fuego en un fogón tan bien diseñado como el resto de la empalizada. 

Me quedé contemplando el cielo un buen rato, que aquí carece de contaminación lumínica, impecable, puro; una experiencia en sí misma. Noté “estrellas distintas” o lo que para mí parecían nubes en la noche. Cristian me explicó que en realidad lo que estaba viendo era la vía láctea. Ya bastante maravillada con descubrir constelaciones, llegó la cereza del postre: la estrella fugaz. Hizo un movimiento circular y fue dejando un caminito… obnubilada, pedí un deseo.

Esa primera noche sentimos que empezaba el primer día de nuestra próxima vida. Nos quedamos en silencio y recorrí con la mirada cada detalle que agregamos a nuestra compañera de ruta, alumbrada por nuestra fogata. Cada artefacto dispuesto como un rompecabezas, piezas armadas con tanto amor e ilusión, nos cobijaban en ese espacio chiquito que será nuestro hogar ambulante de aquí en más.

A metros de las empalizadas del Puesto El Mollar, donde es posible estacionar motorhomes y acampar, se encuentra el observatorio de estrellas, un espacio construido en piedra local para admirar el cielo patagónico al reparo de un fuego y un banco calefaccionado. Foto: Canoa Films

A la mañana siguiente tomamos el desayuno en La Posta de Los Toldos. Tengo que advertirles que si prueban alguna de las comidas de ese menú les va a suceder lo mismo que si comen calafate en Patagonia: van a querer volver. El lugar es acogedor, además de la postal inmejorable que regalan sus ventanales, que te hacen sentir parte del paisaje junto con guanacos, choiques, zorros y aves—nunca en la vida tuve animales silvestres tan cerca. No es la Patagonia típica; es otra Patagonia, otros colores, otros paisajes. Y en Portal Cañadón Pinturas podés hacerlo en motorhome.

Por estar en la región hace tanto tiempo tenemos adquirido el ritmo patagónico que se necesita para disfrutar de estos paisajes. Es con este mismo ritmo que planeamos recorrer Argentina y cruzar fronteras hasta donde nos dé, experimentando la libertad. Vamos despacito, pero porque vamos lejos.